EL RAWSON (Sobre la coherencia de las heridas de una vida en este mundo)

El edificio que ocupa hoy el Hospital de Rawson en Córdoba no es viejo, es más bien una construcción moderna. No obstante se ha dejado contagiar de esas tonalidades cianóticas, amarillentas, rosadas, grises, propias de todos los hospitales públicos. Texturas cerámicas, pinturas cremas, puertas cerradas, habitáculos pequeños donde trabaja “hasta” un sólo profesional. Olor a jarabes, a desinfectantes… a ese inconfundible perfume de las salas de internados. Pareciera haber una “estética de lo nosocomial” si existiera esa palabra y esa posibilidad.

Aun así, debo ser sincero, se lo ve entero, no es la mueca eterna de dolor y abandono que emite el Misericordia. Los días que estuve pude hablar con varios profesionales y se los ve comprometidos, con ganas, moldeados a las necesidades de quienes allí acuden. Como en toda institución, también puede palparse el conflicto interno entre subalternos y jefes, entre lo instituido y lo instituyente. No hay caso, es el estado normal de las cosas, salvo que en estos tiempos de políticas de ajustes y de arbitrariedades varias, las tensiones se hacen mucho más evidentes.  Justo por esos días había corte de ruta y protestas de los trabajadores de salud que confluyen en el polo sanitario de la ciudad, en contra de la reforma laboral y los traslados compulsivos. Podrán deducir quiénes estaban en la calle y quienes estaban adentro.

Hacía rato que estaba interesado en hacer un retrato fotográfico del Rawson, uno intuye cierta imagen de lo que ahí sucede. En términos generales, los hospitales, los heridos, la muerte, los caídos, son temas eternos en la fotografía. Esto sumado al imaginario social que hay sobre este Hospital en particular, orientaba mi búsqueda en una determinada dirección, no exenta de sorpresas. Fueron dos días intensos, insuficientes para contar un Hospital, pero sabemos bien que no hay ensayo que pueda hacerlo. El primer día, con lluvia, trabajé con total libertad. La protesta en la calle me abrió una ventana de invisibilidad a través de la cual pude moverme y no llamar la atención, era un “periodista” cubriendo un evento ante la falta de otros medios. Por la noche revisé las fotos y me faltaban aquellas que  mostraran que ése Hospital era “él” Rawson, y a eso volví un día después, un día de sol.

La segunda jornada fue más expeditiva y más estructurada. De entrada me sugirieron pedir autorización para poder trabajar y pude hacerlo sólo bajo la tutela del Dr. Victorio Bezzecchi, Secretario de la junta Directiva. El Rawson estaba mucho más agitado, estaba difícil, no daba ir por sus pasillos encuadrando. De hecho una chica se enojó, muy joven ella y muy nerviosa, mientras esperaba en la sala de guardia. Le expliqué mi idea pero no hubo caso, “tenés que pedir permiso, escuché el ruidito del disparo” me decía y en definitiva tenía razón. Pensé en el Hospital como un órgano afectado, cuyos síntomas a veces duermen y a veces se agitan.

 

………….








Pocos lugares donde nos podamos sentir más iguales que en un hospital. En esas esperas tomamos conciencia del destino común a todos. La tragedia tamiza cualquier creencia. Hace poco en una conversación un amigo me comentaba que había leído por ahí que “es ingenuo creer que una forma de vida más avanzada no haya decidido prescindir del cuerpo”, porque ¿qué es el cuerpo sino un reservorio de dolores? Bueno, no pude dejar de pensar en esa cita durante estas visitas y creo saber por qué. En primer lugar, los rostros. Uno mira y trata de despegarse, de tomar distancia. Evito sostener una mirada, me siento culpable si alguien me muda la cara. Pero una mira y empieza a descubrir perfiles, regularidades, emerge una sutil coordinación de gestos enmarcados en el miedo. El cuerpo duele y habla a través del rostro. En segundo lugar, los celulares. En aquélla ocasión, la de la conversación, hablábamos sobre inteligencia artificial y esto también me hizo recordar esa cita. Los celulares son omnipresentes, están ahí como perlas de una guirnalda que abarca toda la institución. En la sala de espera, en los pasillos, en la terraza. Jóvenes, niños, adultos, ancianos. Usar el celular para comunicar la noticia, esperar un llamado, escuchar música, flirtear… Sabiendo su utilidad, no pude no pensar en la idea de despersonalización como actividad en la cual inconscientemente o no, voluntariamente o no, nos vamos sumergiendo cada vez más y más mediante el entretenimiento pasivo. La vida “on line” en palabras de Bauman. Usar el celular para “evadirse”, romper el límite de las paredes y la angustia de la espera. Pensaba en todos aquéllos que “no” visitan a sus conocidos y cuya empatía se reduce a mandar un mensaje de vez en cuando. Se deposita mucha fe en estos aparatos, se les exige aptitudes humanas a veces, los convertimos en personas, en amigos. La tecnología nos permite alejarnos del sufrimiento, la subjetividad se menoscaba y sí, la inteligencia se hace artificial. Despersonalización, como dije y en definitiva, una cuota más al debate interno de todo médico sobre cómo considerar a sus huéspedes, digo, pacientes.

 

………….






 

Belleza hay en todo lugar si uno quiere ver. Situaciones, eventualidades, curiosidades, se disponen según los caprichos de la luz y uno los captura. No siempre es simple ni claro, parafraseando un eslogan, pero está ahí. Una remera en un Hospital que diga “la vida duele” es una declaración psicoanalítica. Un comedor adornado con motivos navideños habla de ver los vasos siempre medio llenos. De todas las pasiones que salieron de la caja de Pandora, la esperanza fue la última. Los reflectores, los cielos rasos, los uniformes. La regularidad de los pasillos. San Roque en su altar coronando una escalera y resistiendo las caricias de médicos y pacientes. Un grupo multirracial, hilvanados en un banco por el hilo de la espera (Córdoba es una ciudad cosmopolita), me hace “viajar” a Uganda, Senegal, no sé, uno quiere estar ahí fotografiando. En todos los pisos del Rawson hay posibilidades. Desde lo alto de una escalera veo a un médico como si estuviera bajando a las profundidades de la tierra a buscar los secretos de la vida. En el techo estoy encuadrando y justo se cruza un señor, para pasar de un pabellón a otro, bajo la lluvia, para visitar a alguien tal vez o para llamar al profesional de turno o simplemente para irse. El techo del Rawson es un pasillo. Por la noche del primer día veo estas fotos y me gustan, están buenas, es más de lo que buscaba, pero faltan las fotos propias de este Hospital, aquellas que fui a buscar originalmente.

El Rawson es la institución especializada en tratar las enfermedades infecciosas. El antiguo edificio se fundó el 25 de mayo de 1918 por especialización de la Cátedra de Infectología (que funcionaba desde el año 1904) y trataba esencialmente los casos de Difteria, Paludismo y Tuberculosis. Para el año 1963 se muda a los terrenos de la bajada Pucará donde actualmente está ubicado. Es una institución calificada como de Alto Riesgo con Terapia Intensiva Especializada. Desde la década de los ´80 se convierte en el Hospital referencia para las personas infectadas con VIH y en torno a ello se ha construido un imaginario social, un conjunto de representaciones sobre “quiénes” van al Rawson, lo que significa estar “internado” en el Rawson, en definitiva uno de los tantos síntomas del SIDA. Esas señas de identificación son las que vuelven singular a este Hospital y que en un retrato del mismo no pueden faltar, pero ¿Cómo fotografiar en un contexto como este y no vulnerar los derechos de las personas involucradas? Bueno, en algunos caso se pidió permiso y en otros se disparó haciendo encuadres generales. Luego en el proceso de edición, se acentuaron sombras y se enmascaró con ruido para sostener el anonimato. Una estética de lo nosocomial construida como tantas veces desde una cámara de fotos.




Hay vida en el Hospital, hay gente que la hace posible. Hay jóvenes residentes aprendiendo el arte de curar. Hay viejos médicos que caminan sabiéndose herederos de la antiquísima obstinación de Hipócrates, pero yo centro la mirada en los pacientes, en sus silencios, en el uso de sus cuerpos, en sus disposiciones posturales, en sus esperas. En sus contrastes de luces y sombras, en la gravedad de sus gestos. De todos, recuerdo particularmente uno, en la sala de guardia, muy lesionado y pienso en la coherencia de las heridas de una vida en este mundo, que te espera al final, dure lo que haya durado el viaje, con su carga de escaras oscuras. Ojos por donde se va el tiempo.

Hay vida en el Hospital. Por los pasillos te topas con “las chicas del Rawson” con su indivisible carga de vulnerabilidad, su visibilidad a prueba de cualquier disimulo. Solas, en grupos, se saben miradas, juzgadas, maltratadas. Su valentía se mide en sus sonrisas, construida a partir de un abandono crónico por parte de una sociedad que definitivamente ha decidido no integrarlas. La idea sobre su trabajo las excluye mucho más allá de cualquier margen. Viven jóvenes, mueren jóvenes.

Hay vida en el Hospital expresada en las paredes, depositarias de la consternación, del llanto, de la bronca. La vida gime en los cuerpos que sanan y en los cuerpos que mueren y la eterna pregunta sobre qué somos se nutre de afirmaciones sencillas, como la encontrada en el baño de mujeres: “Hernán, te amo hijo mío”, junto a una mueca dibujada que no supe distinguir bien si era de regocijo o despedida.

 

………….














 Artículo publicado originalmente en la página web "ISLANDIA.COM.AR" 



 



Comentarios

Matias Suarez dijo…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Matias Suarez dijo…
Trasmite el clima humano que se vive en ese lugar, que puede ser tétrico pero esconde esperanza

Entradas más populares de este blog

SALUD MENTAL

MÍSTICA